Hay cosas que es mejor no decir enseguida, en especial si le obligan a uno a medirse con la incapacidad del interlocutor para gestionar el miedo a ser cuestionado. Una incapacidad que, desafiada en caliente, se torna hostilidad con la determinación y la celeridad propias del niño que, contrariado por algún lance del juego, se agarra a la pelota (a la sazón de su propiedad) y amenaza con llevársela a casa. En tales casos, cualquier argumento que no satisfaga al propietario de la discusión (ahora esférica, pequeña y enajenada) resultará inútil hasta que suelte la pelota pues, como es sabido, no se puede razonar con alguien que tiene la pelota en la mano. En el Bierzo lo intentamos y nos dejaron jugando a las chapas.

Pero voy al grano, que no sería la primera vez que confundo la metáfora con el asunto y termino escribiendo una crítica de deportes, o un poema, en vez de un inocente artículo de opinión.

Don Pablo Iglesias y doña Irene Montero se han comprado la casa de sus sueños asumiendo unos riesgos financieros acordes con sus posibilidades. Es una casa pija, necesitada de servicio especializado y muy cara, lo cual, según el parecer común estos días pasados, le está vedado a alguien de izquierdas, o a alguien de Podemos (que no es lo mismo, pero es lo mismo). Esto ha provocando que el secretario general de Podemos consulte a los inscritos si sí o si no siguen confiando en ellos.

Que don Pablo Iglesias y doña Irene Montero diesen explicaciones sobre un bien legítimo adquirido honestamente era tan innecesario como lo ha sido implicar a las bases. Por su parte las bases, según se informa, han bendecido el gasto como si fuera una inversión en defensa.

Objetivamente hablando, ni él ni ella han cometido desliz ético alguno (sí estético) y no han dejado de ser los representantes capaces que eran antes de decidir irse a vivir a lo que llaman campo y no lo es. Pasado el berrinche, aún son los líderes que eran: apoyados por sus amigos y temidos por sus enemigos. Tampoco han dejado de ser de izquierdas, ni una ilusión política de peso en el siempre penoso panorama nacional. Quizás, incluso, no dejen de defender la necesidad de asegurar el cambio social mediante la transformación de los propios seres humanos: su conciencia, sus hábitos, sus actos, sus ejemplos…

Pablo Iglesias sigue siendo todo eso con casa pija o sin casa pija, y también secretario general de Podemos, y quien tiene (aún) la pelota en la mano. Lo que definitivamente no es, lo que ya nunca será, es el hombre nuevo. Es decir: no será lo que necesitamos, que son hombres y mujeres nuevos; no argumentos que, se entiendan como se entiendan, dan por bueno el sistema que queríamos cambiar.

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