Estamos viendo Monsieur Lazhar, una espléndida película canadiense luego discreta (es decir: una película que no se distrae de lo que quiere contar, ni impone al espectador lo que debe sentir) de Philippe Falardeau cuando Raquel dice:

— ¿No oyes ladrar al perro?

Lleva efectivamente ladrando un rato. Y como no hace mucho que lo tenemos no sabemos muy bien qué debe hacer el propietario de un perro si ladra. ¿Hay que impedírselo? Quizás esté alejando a algún merodeador y su ladrido sirva para no tener que resolver personalmente un asunto que podría no acabar bien. O quizás hay que salir y calmarlo para que no se acostumbre a ladrar por vicio. A servidor esta última posibilidad le parece el resultado de ese fenómeno de transferencia que hace que los humanos interpretemos el comportamiento de nuestras mascotas como si, en efecto, poseyeran la identidad que les atribuimos y no una suya, propia.

— ¿Por qué no sales a ver?

Sin entrar a considerar qué significa exactamente “salir a ver”, servidor sale a ver por todas las razones. Está muy oscuro (y más si se padece ceguera nocturna, como es el caso) pero aún así se adentra servidor en el incierto exterior hasta que literalmente choca con un objeto inamovible a la altura de su bajo vientre. Afortunadamente el obstáculo es conocido y reconoce a un servidor gracias a la superior calidad de sus sentidos. Se sienta y da la pata.

— ¿Pasa algo, buen perro?, ¿a qué ladras?

Ppodría haber dicho que Venus transita las Pléyades pero se limita a mordisquear suavemente los dedos de un servidor y a dar, de nuevo, la pata. Servidor, acostumbrado ya a la penumbra que la luz del ventanuco de la bodega le facilita, adivina en la expresión del can una incertidumbre que, sin duda alguna, es reflejo de la que el animal le supone a servidor, de un abismo de suposiciones que sólo los cobardes llenan de fantasía, y que interesa a cada especie, género, familia. Cae una lluvia irrelevante.

— Y yo, y yo también…

A lo lejos se oye a otros perros: dos, diez… ocultando el silencio de muchos hombres. De vuelta a la bodega pequeña y a la película de marras (que se les recomienda sin énfasis) servidor no puede evitar seguir escuchando esos ladridos que quizás no están ya más que en el recuerdo de un servidor.

— Sólo nos defiende del universo — responde servidor a una pregunta que Raquel no ha hecho, o que hizo hace ya demasiado tiempo como para que no parezca dictada por el Lagavulin.
— ¿Qué?
— Nada.

Servidor se acomoda en su sofá y se afianza en la seguridad de que quien oye ladrar vive tranquilo. El silencio es infinitamente más complejo (y peligroso) que el ruido como la nada es infinitamente más complicada que la materia. El ladrido de Fiel, en cualquier caso, es un anclaje para la identidad de un servidor; como todo sentimiento verdadero, se diría metáfora de un lenguaje insuficiente. En términos genéticos (y perdón por la expresión) la diferencia entre el ladrido del perro Fiel y el mejor poema del mundo

(E cercáronme as ondas do alto mar;
non hei barqueiro nen sei remar;
ieu atendendo o meu amigo
eu atendendo o meu amigo!)

es menor al uno por ciento. Es curioso que un porcentaje tan pequeño nos vuelva tan difíciles, tan maravillosamente difíciles. Y es curioso que haya quien crea que eso debe significar algo muy importante, como si el hecho de que no lo sea no resulte ya lo bastante asombroso.

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