Fumata

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En el siglo XV existía aún una hermosa tradición que, lamentablemente, se ha perdido: en cuando se anunciaba el final de las deliberaciones del cónclave para nombrar nuevo papa, el pueblo corría a saquear la casa del cardenal elegido. Ya había entonces fumata, una costumbre que se instituyó tras la muerte de Clemente IV, supone servidor que porque en los tres años que duraron las deliberaciones hasta la consagración de Gregorio X los encargados de informar a la plebe se cansaron de correr para nada. También, como ahora, circulaban rumores de todo tipo; de modo que no era imposible que la casa de algún papable resultase injustamente atacada por culpa de la precipitación del listillo de turno. Algo así debió de ocurrir en 1447, cuando fue arrasada por la multitud la del bueno de Prospero Colonna. El error, por cierto, dio a los familiares y amigos del verdadero elegido la oportunidad de salvar los muebles. Luego llegó la persecución de los humanistas y el triunfo de los Borgia, lo cual sería otra historia si la herencia de tal desgracia no se pudiera percibir aún escarbando lo suficiente. La Historia tiene los dedos largos.

— Pero las uñas quebradizas. ¡Bah!

El gato Pangur quiere que el próximo papa sea Peter Turkson y que se haga llamar Nicolás VI; pero lo quiere porque es un esotérico y le gusta ese retrato que don Pedro Pablo Rubens le hizo a Nicolás V mirando con ojo de Horus al espectador.

— Y con una olla expres Fagor, de diez litros, en la cabeza, no lo olvides: un verdadero oopart, añade sirviéndole a servidor una copita de espléndido orujo casero.
— Gracias por la redundancia.
— …

A servidor la idea no le disgusta del todo, pues Nicolás V -si bien por motivos muy otros- es, con diferencia, su papa predilecto; no obstante, alargando el juego, decide imaginarse a alguno que no esté en las quinielas y «que hubiese que ir a buscar a algún imprevisible rincón del mundo», piensa, «uno que se hiciese llamar Adriano VII, como el personaje (y la novela) de ese otro personaje (y novelista) que fue Frederick Rolfe, salvado del olvido de forma magistral por el inspiradísimo A. J. A. Symons en En busca del Barón Corvo«. Servidor piensa eso sin ningún esfuerzo (y en realidad comprimido por su fuerte deformación profesional en un paquetito insignificante) y exhala el humo de su cigarrillo, blanco.

Habemus papam, murmura servidor. — Adriano VII.
— Un Papa con ese nombre podría atreverse incluso a cerrar el garito, cree Pangur.
— Tampoco hace falta llegar a tanto, claro está.
— ¿No?
— No. Además, como es bien sabido, no hay peor ejército que el invisible y ciertas instituciones conviene tenerlas bien ubicadas y uniformadas. A mi, algunos días, me gustaría que todos los creyentes fuesen uniformados. Cada cual, ya que no hay quién los convenza de que se guarden para sí sus fantasías, de un color diferente y claramente identificable según su credo. Eso sería muy útil y facilitaría enormemente el trato humano.

Servidor se levanta y abre la ventana para que el ambiente se despeje un poco y Pangur aprovecha para largarse de un salto. Ya volverá, porque ahí fuera reina la luna nueva y tras las nubes invisibles no brilla nada, ni el cometa que por lo visto se nos aproxima, ni el ala de una lechuza. Se diría que el mundo ha caído en un abismo profundo, reparador, del que pudiese salir mañana (dentro de pocas horas) renovado y feliz; pero sólo es la noche. Servidor siente un escalofrío, llama a su gato sin obtener respuesta y comienza a cerrar la ventana a sabiendas de que un gesto vale más que mil voces.

— Sí, dice Pangur entrando en el último momento. — Y tampoco estaría nada mal que se reinstaurase la costumbre esa que decías de saquear las casas de los papas, incluso las de los reyes, los presidente de gobierno, los directores del FMI…
— Para, Pangur.
— Vale; pero reconoce que estaría bien. Sólo sería la primera vez: los futbolistas galácticos, los alcaldes, los tesoreros de…
— ¡Que pares, te digo!
— Vale, vale. Sólo los papas.

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