Yo no nací escritor, y menos aún poeta. Mi destino era otro. Lo he descubierto tras años de preguntarme por qué todo se me ponía en contra, empezando por mi propia escritura empeñada siempre en cargar contra mí mismo, en maltratarme. Tampoco, si exceptuamos un puñado de premios de los fáciles, he ganado nunca un duro con la literatura. Nací comerciante o deportista, aventurero o filósofo en el mejor de los casos; pero no escritor. Y no consigo acordarme dónde se cruzó conmigo ese destino que, definitivamente (me temo) me ha alejado del mío verdadero, el que fuese. Seguramente en un libro, en uno de esos textos seductores de menores que han amargado la vida de muchos otros (no me tengo en ese aspecto, por distinto de algunos amigos y conocidos) con su deslumbramiento bello y su balsámica toxicidad.

Podría haberme dado por lecturas menos ponzoñosas, pero en aquella época no estaban de moda estos escritores de ahora que, a cambio de un puñado de euros y nada más, te ponen a volar sobre sus páginas, como un pelele, de una historia increíble a una solución improvisada. Eso, posiblemente, me hubiese arrojado de cabeza a unas oposiciones a banca o incluso a tomar los hábitos, o (qué caramba) a hacerme periodista epatante. De modo que podría culpar a Kafka o a Vallejo, a Lezama Lima o a Homero, a Proust o a Jean Paul, a Fielding… a San Juan… Pero no serviría de nada. La suerte está echada y no es ni bueno ni recomendable mirar atrás a partir de ciertas edades.

Intenté ser pintor, pero pronto descubrí que lo que quería pintar ya lo había pintado un tipo catalán llamado Joan Ponç y dejé la afición ahí, en el terreno de la afición, para saber de pintura como el que sabe de toros. También podía haberme limitado a disfrutar la literatura desde el tendido de buen lector, pero publiqué algunas críticas y un primer libro y algún malvado me rió la gracia y aquí estamos: sin previo anuncio, ni cartel, ni público, pero sacando pecho y levantando los talones en medio del redondel, mediado ya el tercio de banderillas, y sin saber aún si valdrá la pena una faena que, finalmente, quedará entre nosotros y el animal, el animal negro, el animal enorme y afilado y celeste.

Llegados a este punto la decisión está clara. Habría que seguir trabajando con calma, o, al menos, sin otra prisa que la que quiera la necesidad de no morir antes de la última página. Y habría que morir como un escritor, también, es decir como cualquiera, es decir: no como un pintor o un comerciante o un aventurero, o un filósofo, no como un banquero o un papa o un periodista, o un tenista. Habrá que morir como cualquiera, a ser posible sin gran aparato de potingues y cánulas, antes de que empiecen a doler las rodillas más de lo soportable o los ojos se nieguen a articular palabra, tal vez sentado junto a la ventana del sur, con una manta sobre las piernas y un libro (de ensayo científico, quizás) en las manos y (con eso me conformo) la vaga sensación de que vivir era otra cosa, pero que esta, después de todo, estuvo bien.

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