El pasado día de la huelga servidor tenía mucho trabajo; así que no le quedó otra que dejarla para más tarde y, como no estaba enfadado sino enfadadísimo (ya que a los conocidos sinsabores que produce la crisis suma un servidor los derivados de la persecución a los fumadores y ciertas molestias en la rodilla derecha desde hace algunos días) la hizo luego todo lo larga que pudo. No depuso su inactividad hasta anteayer para apuntarse a un concurso de siesta en el que finalmente no le admitieron. “El plazo de solicitud está cerrado”, dijeron, así que se volvía a casa a echarse un rato fuera de concurso cuando en el escaparate de la librería Siena se topó con El profesor Unrat, de Heinrich Mann.

Servidor no hubiera reparado en semejante novela (más allá de la habitual sensación de déjà vu que cada vez más le producen los escaparates de las librerías) si no fuera por la faja surrealista que sus editores (RBA) decidieron ponerle: algo así como “la novela que inspiró El ángel Azul, la genial película que lanzó al estrellato a Marlene Dietrich“. Una curiosa información porque nadie que sepa quién es Heinrich Man la ignora como nadie que haya visto El Ángel azul ignora quién fue Marlene Dietrich. Una información redundante vamos, en la que tan sólo, quizás, el nombre de la Dietrich podría servir para atraer a algún lector inesperado. Observen que ni siquiera se atreven a citar al director –Josef von Sternberg– no fuesen a terminar necesitando la faja de la faja que, entre otras cosas, explicaría la semejanza entre estos tiempos y aquellos que desembocaron en el crack de la Bolsa de NY (lo cual no hubiese sido una tontería si de tentar a los lectores se trataba). En fin.

La única huelga verdaderamente dañina (que es lo que debe ser una huelga, agotados otros recursos) sería la de servicios mínimos, como el único paracaídas a la larga eficaz es el de la emergencia, o incluso el de la emergencia de la emergencia. ¿Lo ven? Últimamente todo se le hace redundante a un servidor. Zapatero (lo dice servidor en voz baja, porque a Raquel no le gusta que se meta con él) es redundante, por ejemplo, cuando canta de antemano su baza para la candidatura a la Comunidad madrileña y, como pierde, dice que ha ganado él porque ha ganado la democracia. Como si no supiera (Zapatero) que en política las cosas son lo que parecen y no otra cosa. Desde los apoyos a los fracasos pasando por los deslices en política interpretar es de ingenuos (y él no lo es). Disimular de idiotas (que tampoco). E interpretar disimulando, redundante.

Y redundancia grave por dudosa en sus consecuencias le parece a un servidor este gobierno nuevo que representa a la perfección los males de la actual sociedad gobernante comida y reconcomida por las prioritarias e insignificantes cuestiones identitarias. Un gobierno quizás bueno para maquillar quemaduras con las que no conviene presentarse a unas elecciones, pero que devendrá tingladillo más paramnésico que eficiente antes de que el reloj permita enmendar la cosa. Hasta el bueno de Rubalcaba, que es un político de cuna, casta y modales medidos y pacientes, disfruta más del diálogo que del despacho: lo suyo es negociar, y no dar trigo. Aunque de Rubalcaba ha de decir servidor que no se le ocurre un mejor futuro presidente, que quizá sea el mejor futuro presidente que podamos tener en estos momentos. Y está seguro de que también será un perfecto ex futuro presidente. Ve este gobierno servidor y pienso que Zapatero es tan honesto que ante la evidencia del fracaso electoral (del que no sería frívolo culpar a las circunstancias) ha decidido apencar con las consecuencias y, sin quemar en esfuerzos inútiles a candidatos con mejor destino ni ofrecer en sacrificio flores de temporada, ser redundante. Aunque hace tiempo que se habla de “un tapado” (en realidad “una tapada”).

Si el gato de un servidor, Pangur, al que ya conocen ustedes, fuese presidente de algún país nunca hubiese nombrado un gobierno de faja para ganar unas elecciones. ¿Por qué iba a hacerlo Zapatero? No. Se trata, me parece a mí, de un gobierno de resistencia, de contención frente al verdadero primer poder, un enemigo hipostático y demasiado grande (que no es Rajoy).

A servidor le gusta poco lo que ve y aún menos lo que imagina. Como la Dietrich a Jannings en la película de marras, la realidad política actual le viene grande a un hombre forjado en la pequeña pelea, ajeno a los grandes cataclismos, espectador puramente deportivo de los abismos del mercado, inquisidor meramente balzaciano de la ambición como de la maldad y al que -y es una pena que no molesta más que una vieja lesión, un pequeño dolor estacional- cuesta cada vez más esfuerzo querer porque hay que hacerlo unilateralmente. Pero es esta una tesitura frente a la que un hombre honesto (cuya huelga carecería de sentido, cuya protesta carece de auditorio, cuya única influencia posible no es ya sino la inhibición) no puede sino abandonar vencido el escenario para retirarse a no participar sino en ocupaciones más íntimas, menos escandalosas, más útiles y caseras.

– ¿Hablas de Zapatero, de Unrat o de Rajoy?
– Hablo de mí, Pangur, de mí.

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