Versiones

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Escucho el quinteto La trucha de Franz Schubert, en una versión del Viena Koncerthaus Quartet de 1950. Destaca en ella, además del violín de A. Kamper, leyendo como el que adivina, un romántico aire popular que parece responder más a lo que el piano (quinto en discordia) supone que Schubert deseaba que a lo que éste dejó escrito.

Me hace pensar en «la interpretación», que es eso que nos separa de la realidad definitiva, insalvable y afortunadamente (pues de otro modo seríamos incapaces de diferenciarla de nosotros mismos). Así que me siento en el suelo y rebusco otras versiones. Encuentro dos más (y las oigo): una de Paul Badura-Skoda & Friends, de 1997, en la que, por razones obvias, el piano (que es el mismo que el de la versión anterior, pero más viejo: Badura-Skoda) manda con firmeza y desenfado; pero que no me parece superior; aunque sí más ajustada, más limpia, tanto que su brillantez resulta casi fría comparada con la frescura ¿ingenuidad? de la anterior. La tercera es del Cuareto de Leipzig, con Christian Zacharías al piano, y me quedo con ella: con su alegría medida y trascendente, con su «hombría» (si es que ahora puede usarse esta expresión sin parecer demodé). Versiones.

La verdad es que hubiese escuchado más, de haberlas tenido. A Schubert le ocurre como a Shakespeare: soporta la mala interpretación, la trasciende. Si la interpretación es buena vuelven dioses a los artífices. Ellos no hablan, eso queda para los Molière o los Beethoven, sólo extienden la mano. Ahora, mientras me «desintoxico» con la planificada mansedumbre/fiereza de los buenos oficios de César Franck, dibujados con luz narrativa sobre pizarras prehistóricas, abstractas, prometedoras (arriba, arriba, abajo, abajo), un músico que me parece interesantísimo a la sombra de la genialidad de sus mayores, muy moderno, muy listo y menos escuchado de lo que se debiera, ahora, digo, releo las primeras líneas de este texto y me doy cuenta de que todo lo dicho es de una arbitrariedad rayana en lo caprichoso. Al menos hasta aquí.

– Es tu música, dice Raquel. – Puedes ser caprichoso.

Llevamos unos días haciendo inventario de «incidencias». La casa debe ser habitable en pocos meses y aún queda mucho por solventar. Cosas no susceptibles de interpretación, por cierto. Pero el campo se ha convertido, para la Administración, en un lugar de trabajo cuya productividad no debe ser estorbada; difícilmente entienden las autoridades que en el campo viven también profesionales liberales, músicos, escritores, libreros, galeristas o maestras de instituto, o maestros como el padre de Schubert. La casa necesita desagües y también una revisión de la entrada eléctrica, y «esto» y «lo otro»… Pero los permisos que se demoran no perturba en absoluto nuestra pesimista quiescencia, que es de las que preceden a la toma de decisiones activas, irrevocables y desesperadas del tipo «lo hacemos por las bravas y pagamos la multa». Así, Miguel Alejo, a la sazón delegado, asegura defender la cuestión rural como asunto de Estado. Vale. Pero uno sigue escuchando y «la cuestión rural» es turismo, agricultura y ganadería. Si quieres comprar una versión de La trucha te vas a Madrid avergonzado por tu escasa ruralidad, o a Cacabelos a comerte una del Cúa (ojo: mosca artificial y cucharilla de un solo arpón), que es versión que te alegra casi lo mismo y cuesta mucho menos, gañán. La «cuestión rural», por lo visto, no incluye ni cultura, ni servicios, ni que se cumplan las leyes. Pero no quiero hablar de eso: sería sólo mi versión de su música. Y ni ellos son Schubert ni servidor Zacharías.

Y les dejo, que Raquel acaba de aparecer por la puerta en versión pijama recordándome que no son horas para ponerse a despotricar.

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